lunes, 20 de agosto de 2018

La calle



Yo también luché por reencontrarte
deshice amaneceres,
empaqueté valijas
y abandoné mi casa
olvidé mis armarios,
dejé las gavetas
en desorden
y salí corriendo hacia tu encuentro
nada importaba:
recorrer cientos de kilómetros,
guardar cola en la fila,
perder el equipaje
en el camino
nada importaba:
la estación,
la hora del día,
la ropa que habitaba
la calle
siempre me mostraba
el camino de tus manos.

Angela Ramos
Modigliani

domingo, 19 de agosto de 2018

Domingo




Vivimos un domingo que desobedece al calendario.

Sonia Fides
Bianca Ballti

sábado, 18 de agosto de 2018

Pavese




Entre mujeres solas hemos hablado de él

uno de estos días de marzo oscuros
contra el cielo rojo y de la tarde
en que mi padre lo vio pasando la caserma.
De las correas dos perros lo arrastraban
y una tristeza que no ha vencido
nadie. Il diavolo sulle coline acecha,
siembra de sangre estos lugares familiares.
Es el 45 y la guerra stanca.
Están en Piazza Cavour o en Superga.
En Torino, no en Le Langhe, ciprés
y casa sobre el borde de tu tierra. Mi padre
muerto me dice al oído "he pasado Stupinigi
hacia mi pueblo" y el dolor se desvincula
del ansia y subsiste solo en el alma. El otro
se llama Cesare y escribe sobre las cosas
que nos suceden a todos cuando volvemos
y no encontramos nada. Mi padre 
es partisano, un partisano de Ghío
y ha cumplido veintitrés. Antes que cante 
el gallo me dará esas voces
que se oyen desde lejos, el eco
en la colina. Están cerca las tierras fértiles,
sitios que no son un lugar entre los otros
sino un aspecto de las cosas ahora devastadas.
La ciudad era como un lago de luz, se ha
vuelto gris, no tiene cielo. Alguna vez dirá
no escribo más, el lápiz cruzado
sobre el diario, y acabará el oficio
de vivir. No habrá qué hacer en la ciudad
vacía sino esperar y esperarás que llegue.
Dirás palabras no, si fuera un gesto. No
escribas más y ella vendrá, por esta calle
hasta el hotel mañana, ella vendrá
y tendrá tus ojos.

María Teresa Andruetto

jueves, 16 de agosto de 2018

En la triste distancia de los años



En la triste distancia de los años
me acuerdo de mi infancia como un sueño,
de lentas golondrinas en el cielo,
de los días antiguos, apagados.

En las noches dolientes, sin descanso,
en medio de la sombra del silencio,
yo siento oscuramente que aquel tiempo
en el alma me alumbra como un faro.

Con su luz de semilla transparente,
la niñez acaricia mis heridas
derramando sus alas en mi frente.

Por el aire de lúcida alegría
de una niña lejana se desprende
como un árbol de luces conmovidas.

María Cristina Ursic
Antana Sutkus

miércoles, 15 de agosto de 2018

Perspectiva



Se cruzaron como dos desconocidos,
sin gestos ni palabras,
ella de camino a la tienda
él de camino hacia el coche.
Quizá entre la consternación,
o el desconcierto,
o la inadvertencia,
de que por un breve instante
se amaron para siempre.
No hay sin embargo garantía
de que fueran ellos.
Quizá de lejos sí,
pero de cerca en absoluto.
Los vi desde la ventana,
y quien mira desde arriba
se equivoca con mayor facilidad.
Ella desapareció tras una puerta de cristal,
él subió al coche
y arrancó rápidamente.
Así que no pasó nada
ni siquiera si pasó.
Y yo sólo por un momento
segura de lo que vi,
intento ahora en un poema casual
convenceros a Vosotros, Lectores,
de que aquello fue triste.


Wislawa Szymborska
Giarrano

martes, 14 de agosto de 2018

The broken vase



Todas las divisiones son mentira
salvo la que divide los cuerpos en dos
grupos incomprensibles entre sí.
Aquellos que se han roto y los que no.
Los rotos no pedimos demasiado:
que se nos quiera, sí,
que los que no han vivido la fractura
tengan paciencia
si mascullamos viendo las noticias
o hacemos el amor
con un poco de miedo.
Entenderás, entonces, ciertas cosas.
Por qué en casa las tazas no se tiran
y por qué a veces quiero
estar solo después de que suene un portazo.
Los ritos de los rotos, amor mío.
Ademanes que espero que no comprendas nunca. 


Ben Clark 
Harry Wilson Watrous

lunes, 13 de agosto de 2018

Como en un cuadro...



Como en un cuadro de Chagall
floto sobre los techos.
Un hilo tenue me ata
a lo que hasta ayer
llamaba realidad.

Mi realidad: aquella
boca negra que se abrió
para herirme.
Afiebradas pestilencias
que poblaron mis días
mis noches.

Esa boca negra
tendría que haber callado.
Ese pozo ciego
tendría que haber sabido
que estoy destinada a palabras
que fulguren sobre el papel
como el arco iris que el niño mira absorto
como la naranja traspasada de sol en el árbol
como un ámbar en un pecho desnudo.

Floto sobre los techos.
Cuando mi propia boca se abra
ámbar y frutas caerán sobre la ciudad.
Alguien me verá pródiga
maternal y feliz
como en un cuadro de Chagall.

Estela Figueroa
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