Abril ya mediado y los ciruelos silvestresflorecen en medio de la carretera,
un blanco encaje contra el verde
exuberante y jubiloso de la nueva hierba
y el negro polvoriento y marchito
de las cunetas requemadas.
Los árboles no tienen hojas todavía,
sólo las delicadas flores con pétalos de estrellas,
dulces con sus perfumes eternos.
Hoy hace un mes que te fuiste
y te has perdido tres lluvias
y una larga noche con aviso de tornados.
Me senté en el sótano de seis a ocho
mientras las gruesas nubes de primavera
daban volteretas retumbando hacia el este.
Luego diluvió, una tormenta
que caminaba con piernas de relámpagos,
arrastrando su vientre desgreñado sobre los campos.
Las golondrinas han vuelto
y los pinzones cambian su plumaje de verde a oro.
Los dos gansos de siempre
han venido al estanque este año
graznando sobre los árboles y salpicando.
Nunca anidan, se quedan dos o tres semanas
y después se van.
Las peonías están crecidas, los rojos brotes
ardiendo en círculos como velas de cumpleaños,
porque este es el mes en que nací, como bien sabes,
el mejor mes para nacer, gracias a ti,
todo preparado para estallar con vida.
No habrá más pijamas de franela
cosidos en tu vieja Singer negra,
no más tarjetas de cumpleaños
escritas con una letra temblorosa, pero formal.
Me preguntaste si me entristecería
cuando esto ocurriera
y estoy triste.
Pero los lirios que me traje de tu casa
ahora sostienen en los puños secos
y polvorientos de sus raíces
cuchillos y tenedores verdes
como si esperaran la cena,
como si la primavera fuera un festín.
Te doy las gracias por eso.
Si no fuera por la manera
con que me enseñaste a mirar el mundo,
a ver la vida activa en todo,
tendría que estar sólo para siempre

Ted Kooser. Traducción de Hilario Barrero
Mis dos mamás: Carmen y Julia fotos de 1935 y 1936





































