domingo, 17 de junio de 2018

La patria del tiempo




Hubo un tiempo donde todo fue bello.

Un tiempo sin violines

ni noches de satén bajo la luna,

¿quién los necesitaba? El tiempo aquel

tampoco tuvo tardes incendiadas

por el radiante sol del mes de mayo:

todo era lluvia y frío en la ancha ciudad,

cegada por el brillo de los astros celestes 

de tu cuerpo y el mío,

y sólo la inocencia fue mi dote,

pero todas las noches fueron fiesta

y el nardo del amor las perfumaba.



A las seis, 

con el cepo del sueño mordiéndonos los ojos,

había que dejar, a toda prisa,

la chambre de L`Avenir -¡qué porvenir tan corto!-

que el bueno de Fernando nos permitía usar, 

arriesgando su empleo de portero de noche.

Antes de irnos -que se lo premie Dios-,

nos servía dos cafés muy cargados

con mermelada amarga de naranja 

y mucha mantequilla contra el frío.



A partir de ese instante,

París con sus tesoros era nuestro.

¡Que raro privilegio, siendo los dos tan pobres,

poseer la belleza de aquel reino nocturno!

Lloraban las farolas su muerte cotidiana

y se desmelenaban los bucles amarillos,

antes de suicidarse en las aguas del Sena

cuando la luz enferma saliera para todos.

De improviso, delante de la gente

que andaba presurosa hacia el trabajo,

la lluvia sin pudor me desnudaba

y lamía mis pechos de novicia.



¡ Ah, tiempo de la revelación de la existencia,

donde estaba aún presente la esperanza!

Cuando era un gozo el ver amanecer,

la salvaje caricia de la lluvia,

dormir en cama ajena, 

encontrar los trabajos más absurdos. 

Y París una hermosa burbuja tuya y mía, 

el verdadero hogar:

la libertad. 

Ya no tengo otra patria que aquel tiempo,

ni más deseo que la sed de volver

al agua milagrosa que contenía la vida.

Sólo un momento, ya gastado, pido

para volver al mundo que cabía 

en la corta distancia

que había entre tus ojos y los míos,

donde todo era justo, hermoso, deseable.



Quién pudiera soñar toda una noche,

antes, ay, de que el último buitre me devore,

que regreso a la patria adolescente,

a ser la que fui un día, alegre y pobre,

en aquel paraíso improvisado.

Bastaría un instante, ¡la dicha fue tan breve!

Elvira Daudet

6 comentarios:

Marcelo dijo...

La dicha fue tan breve!
Pero el recuerdo de esa dicha
Eterno

eva dijo...

No era pais pero fué, eso es lo que me importa y me reconforta.Que fué!!!


eva

ev dijo...

(Quise decir París.)

Beatrice dijo...

El recuerdo...para siempre.

Ana dijo...

Afortunadamente la memoria es selectiva (Esto se empeñan en demostrarnos y no sé si creerlo)
Qué gustazo de lectura, Beatriz.

Beatrice dijo...

Verdad que sí, Ana?

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