martes, 6 de julio de 2021

Jardín de Luxemburgo

 


Las casas de París no temen al viento ni a la

imaginación
(son sólidos pisapapeles,
el contrapeso de los sueños).

En el río compiten barcos blancos llenos de una
multitud
que reclama un saludo de los que están en la orilla;
esa multitud está de un humor excelente y liquida el
pasado.

De un taxi sale una pareja de turistas ricos
con ropas brillantes; los esperan camareros
con unas levitas que la moda no ha transformado.

Mientras, el Jardín de Luxemburgo empieza a vaciarse
y se transforma en un gigantesco herbario silencioso;

no recuerda a todos los que pasaron
por sus caminos sin percibir que ya no vivían.

Aquí vivió Mickiewicz, y allí August Strindberg
trabajó en la piedra filosofal
que no llegó a encontrar.

Está anocheciendo, viene una noche seria por el este,
recelosa y taciturna.
La noche viene de Asia y no hace preguntas.
Qué bello es lo extraño, qué fría la felicidad.

Se encienden luces amarillas en las ventanas sobre el
Sena
(he aquí algo realmente misterioso: la vida
de otras personas).

Lo sé, en esta ciudad ya no existe el secreto.
Pero existen los plátanos, las plazas y los cafés,
las calles afectuosas
y la mirada clara de las nubes que se va apagando
lentamente.

Zagajewski

4 comentarios:

Anónimo dijo...

makasih atas artikelnya,


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Marcelo dijo...

Yo no vengo de Asia pero tampoco haré preguntas. Proust me habla de una Princesa de Luxemburgo. Cuoriosa coincidencia.

Beatriz dijo...

Como de costumbre querido Marcelo.

Marcelo dijo...

Así es!

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