
En el salón en sombras de la vetusta casa,
allí, donde parece que se refugia el tiempo
a ordenar calendarios de hojas ambarinas
y algún dormido álbum, roído y polvoriento,
allí, entre las brumosas entrañas del pasado,
donde se entretejieron fantasías y sueños,
se pasean los ocres vestigios por el patio
y dibujan las grises telarañas el techo.
Una espada ha quedado como ancestral testigo
de alguna mano firme que blandiera su acero
y las teclas de un piano solemne y taciturno,
añoran el impulso que lo inunde de arpegios.
La silueta marmórea de una figura alada,
invade el sigiloso contorno del recuerdo
y un aroma a jazmines filtra por las ventanas,
testimonio latente de algún lejano encuentro.
Anidan en la sala los sutiles acordes
que circulan por fibras recónditas del eco,
rescatando las notas románticas y etéreas
de aquel vals que bailaran la abuela y el abuelo.
Cuántas veces la aldaba ha esperado la mano
que la libre del túnel umbrío del silencio,
para expandir las ondas que despiertan las voces
que viven todavía y que nunca se fueron.
Irma Norma Vale
Pintura: Alberto Morago





























