domingo, 11 de marzo de 2012

Domingo


Nunca ocurre nada los domingos.
Nunca encuentras un nuevo amor en domingo.
Es el día de los infelices.
Día de pensión o día de familia.
Las horas más dolorosas de la amante
cuando se imagina a su amado
con sus hijos en las rodillas
mientras su mujer, sonriente,
entra y sale con tentadoras bandejas.
Un día maldito.
Alguna vez tuvo que haber sido diferente.
¿Por qué si no tendríamos todos
que esperar con ansias el domingo durante toda la semana?
¿Quizá cuando íbamos a la escuela?
Pero ya entonces las campanas sonaban
compungidas y grises como lluvia y muerte.
Ya entonces las voces de los adultos
eran débiles e insonoras como si buscasen a tientas
y en vano las palabras dominicales.
El olor a humedad y a pan mohoso,
a sueño, botas de goma y achicoria
ya subía entonces por la escalera
y la calle, que estaba dura, vacía y diferente
de una manera desolada ­
El olor dominical nos forraba
con la gruesa capa de la decepción
que sigue a una expectativa
sin meta específica.
Pero, entonces ¿cuándo? En un lugar anterior a la memoria
hubo felicidad, una expectativa irresistible
que todavía nadie había sido capaz de defraudar.
Entonces las campanas significaban que papá estaba en casa,
el bigote, las negras cejas y el olor a tabaco mascado
estaban allí y allí quedaban, en un lugar cercano,
y quizá la risa de tu joven madre
sonaba más alegre que los otros días.
Es domingo. Tú nunca encontrarás
un nuevo amor ese día.
Estás sentada en el cuarto de estar
apabullada y rígida como una figura de cartón
a los ojos de los niños.
Escarban con los pies
y se pelean sin energía.
«Deberíamos hacer algo», dices.
«Sí», dice una voz detrás del periódico.
Entonces os calláis los dos, porque todo lo que tenéis ganas
de hacer es oculto y secreto
y sería inaceptable para el otro.
Las campanas de la iglesia suenan. Las narices de los niños
se llenan de desesperanzado olor heredado.
Sobre sus dulces rostros se desliza
una fealdad pasajera.
Una luz marchita
nace en sus ojos.
Pero todos esperamos el domingo
toda la semana, toda nuestra vida,
esperamos la ilusión de cientos
de largos domingos vacíos, agotadores.
Día familiar, día de pensión,
el infierno de los amantes secretos.
Ese día en que la nauseabunda grisura de los adultos
impregna a los niños y establece
la incomprensible melancolía dominical de los años venideros.
Tove Ditlevsen
Pintura:Baranov

5 comentarios:

Marcelo dijo...

Mi domingo es distinto, esperando esto.
No hay nada peor que llegar un domingo a un país desconocido. Yo llegué a Brasil un domingo. Noté la suspensión de la alegría de su gente, la incredulidad y el vacío. Fue formidable.
Gracias Beatriz!

Ana dijo...

"Ese día en que la nauseabunda grisura de los adultos
impregna a los niños y establece
la incomprensible melancolía dominical de los años venideros."

¿Será así?

En una azotea ropa blanca a pleno sol. La marea vacía, la brisa es la única que pasa.
Voy a sentirme las venas un rato más, aún es pronto para el almuerzo.

Un abrazo!

eva dijo...

"Dia familiar, día de pensión, el infierno de los amantes secretos".

Creo que he sentido todos y cada uno de los renglones de ese maravilloso poema, en mi niñez, todo era distinto, estaba deseando que llegara el domingo para ponerme el vestido que llevaba toda la semana guardado en el armario y mis zapatos.. cuánto me gustaban mis zapatos de charol....Tengo nostalgia de mi niñez,no quiero crecer, quiero ser de nuevo niña.

eva

SUREANDO dijo...

Es verdad Marcelo, yo una vez llegué a Neuquén un domingo y la encontré feísima, había viento y la basura volaba por las calles en un gris polvoriento; no había gente, parecía una ciudad fantasmal. Hicimos los 400 kms. de vuelta a Bariloche en el mismo día, con eso te digo todo.

Cuando era niña, era diferente, era el día de ir a la plaza a ver el izamiento de la bandera con la banda tocando de fondo, después venía el paseo por la calle principal y en la tarde la matiné en el único cine del pueblo.
Usaba mi vestido de domingo y mis zapatos de charol, los mismos que dice Eva.

¿Cuándo cambió todo? No sé el momento exacto, debe haber llegado con la adolescencia y esas primeras lecturas del existencialismo, creo yo.
Los adultos deben haber tenido su cuota de culpa en este establecimiento de la melancolía para con los domingos.
Recuerdo las visitas al cementerio que hasta el día de hoy me angustian.

Mis hijos al parecer aún no odian los domingos, aunque eso es lo que yo creo....les preguntaré...
Ana, olvida eso de verte la venas, mira que tú vives en el paraíso y por si eso fuera poco, con vista al mar y aroma de primavera.


Gracias a los tres (Eva, Ana y Marcelo) por aguardar esta entrada y comentar con tanto cariño.

PD: cuando pase por acá Ana María Parente nos va a dar un reto antológico.

Capitán Smith dijo...

Es agridulce, realista y deja un sabor a tristeza en la boca este poema. Todos o al menos la mayoría creo, hemos vivido una infancia donde este día era muy esperado. La figura de nuestros padres nos envolvía....... después la adolescencia, nos empujo a la calle a buscar otros amores distintos. El caso es, que no vivimos ese tiempo del poema junto a nuestros padres, puede que hubiéramos entendido que a muchos nos podría pasar igual.Saludos

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