martes, 5 de agosto de 2014

Monólogo de un padre


Nada se pierde con vivir, ensaya:
aquí tienes un cuerpo a tu medida
Lo hemos hecho en sombra
 por amor a las artes de la carne
pero también en serio
pensando en tu visita como en un nuevo juego 
gozoso y doloroso;
por amor a la vida, 
por temor a la muerte y a la vida,
por amor a la muerte
para ti o para nadie.

Eres tu cuerpo, tómalo, haznos ver que te gusta 
como a nosotros este doble regalo
 que te hemos hecho y que nos hemos hecho.
Cierto, tan sólo un poco del vergonzante barro original,
la angustia y el placer en un grito de impotencia.
Ni de lejos un pájaro que se abre en la belleza del huevo,
a plena luz, ligero y jubiloso, sólo un hombre:
la fiera vieja del nacimiento,
 vencida por las moscas, babeante y rebosante.

Pero vive y verás el monstruo que eres con benevolencia
abrir un ojo y otro así de grandes,
encasquetarse el cielo, mirarlo todo como por adentro,
preguntarle a las cosas por sus nombres
reír con lo que ríe,
llorar con lo que llora,
tiranizar a gatos y conejos.

Nada se pierde con vivir,
 tenemos todo el tiempo del tiempo por delante
para ser el vacío que somos en el fondo.
Y la niñez, escucha:
no hay loco más feliz que un niño cuerdo
ni acierta el sabio como un niño loco.
Todo lo que vivimos lo vivimos ya
 a los diez años más intensamente;
los deseos entonces se dormían los unos en los otros.
Venía el sueño a cada instante,
el sueño que restablece en todo el perfecto desorden
a rescatarte de tu cuerpo y tu alma;
allí en ese castillo movedizo eras el rey,
 la reina, tus secuaces,
el bufón que se ríe de sí mismo,
los pájaros, las fieras melodiosos.

Para hacer el amor allí estaba tu madre
y el amor era el beso de otro mundo en la frente,
con que se reanima a los enfermos,
una lectura a media voz,
la nostalgia de nadie y nada que nos da la música.

Pero pasan los años por los años 
y he aquí que eres ya un adolescente.
Bajas del monte como Zaratustra 
a luchar por el hombre contra el hombre:
grave misión que nadie te encomienda;
en tu familia inspiras desconfianza,
hablas de Dios en un tono sarcástico,
 llegas a casa al otro día, muerto.
Se dice que enamoras a una vieja, 
te han visto dando saltos en el aire,
prolongas tus estudios con estudios
 de los que se resiente tu cabeza.
No hay alegría que te alegre tanto 
como caer de golpe en la tristeza
ni dolor que te duela tan a fondo 
como el placer de vivir sin objeto.
Grave edad, hay algunos que se matan
 porque no pueden soportar la muerte,
quienes se entregan a una causa injusta
 en su sed sanguinaria de justicia.
Los que más bajo caen son los grandes,
a los pequeños les perdemos el rumbo.
En el amor se traicionan todos,
el amor es el padre de sus vicios.
Si una mujer se enternece contigo
 le exigirás te siga hasta la tumba,
que abandone en el acto a sus parientes,
que instale en otra parte su negocio.

Pero llega el momento fatalmente
 en que tu juventud te da la espalda
y por primera vez su rostro inolvidable en tanto
 huye de ti que la persigues a salto de ojo,
inmóvil, en una silla negra.
Ha llegado el momento de hacer algo
 parece que te dice todo el mundo
y tu dices que sí, con la cabeza.
En plena decadencia metafísica
caminas ahora con una libretita 
de direcciones en la mano,
impecablemente vestido,
con la modestia de un hombre joven 
que se abre paso en la vida,
dispuesto a todo.
El esquema que te hiciste de las cosas hace aire
 y se hunde en el cielo dejándolas a todas en su sitio.
De un tiempo a esta parte te mueves entre ellas
 como un pez en el agua.
Vives de lo que ganas, 
ganas lo que mereces,
 mereces lo que vives:
eres, por fin, un hombre entre los hombres.

Y así llegas a viejo como quien vuelve a su país de origen 
después de un viaje interminable 
corto de revivir, largo de relatar,
te espera en tí la muerte, 
tu esqueleto con los brazos abiertos,
pero tu la rechazas por un instante,
quieres mirarte larga y sucesivamente 
en el espejo que se pone opaco.
Apoyado en lejanos transeúntes 
vas y vienes de negro,
al trote, conversando contigo mismo a gritos,
 como un pájaro.
No hay tiempo que perder,
 eres el último de tu generación en apagar el sol
y convertirte en polvo.

No hay tiempo que perder en este mundo 
embellecido por su fin tan próximo.
Se te ve en todas partes dando vueltas 
en torno a cualquier cosa como en éxtasis.
De tus salidas a la calle vuelves 
con los bolsillos llenos de tesoros absurdos:
 guijarros, florecillas.
Hasta que un día ya no puedes luchar a muerte con la muerte
 y te entregas a ella, a un sueño sin salida,
 más blanco cada vez, sonriendo,
 sollozando como un niño de pecho.

Nada se pierde con vivir, ensaya: 
aquí tienes un cuerpo a tu medida,
lo hemos hecho en la sombra por amor
 a las artes de la carne 
pero también en serio, 
pensando en tu visita
para ti o para nadie.



Enrique Lihn
Steve Hanks 

2 comentarios:

Ana dijo...

Enrique Lihn es magnífico.
Amiga gracias.

SUREANDO dijo...

Gracias a ti, Ana.
Espero que todo ande bien, amiga.
Un abrazo.

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